El gusto por el patrimonio apareció en mi carrera quizás hacia el final, aunque realmente no es fácil definir un momento exacto en el que desarrollé esta pasión. Porque no es solo un gusto: es una pasión que a veces me absorbe, pero que, en definitiva, me hace extremadamente feliz.
Paralelo a ello, lo que sí tengo claro es que el gusto por la historia me ha acompañado toda la vida. Durante mi carrera siempre he buscado respetar: respetar el lugar, el árbol, la piedra, lo existente, la historia. De pronto, siempre estuvo en mí ese instinto, el del respeto por lo “externo”.
Pero todo se hizo más claro cuando hice mi profundización y decidí que el patrimonio sería mi camino.
Y allí comienza lo que hoy me lleva a escribir este artículo.
Cuando estaba haciendo mi tesis, mi director me dijo: “En patrimonio te va a ir muy bien porque sabes hacer algo que muchos arquitectos no saben: guardar silencio”.
En ese momento no entendí muy bien a qué se refería. Pero con el tiempo lo he ido entendiendo y, sobre todo, descifrando.
Porque aunque parezca que se trata de callar, de ocultar mi opinión o de no tener mi propia voz, se trata de un silencio mucho más difícil: se trata de acallar el ego.
Un ego que puede aparecer en una profesión que nos otorga un enorme poder de decisión y que, por lo mismo, puede terminar alimentándolo. Porque si lo pensamos bien, es cierto: el arquitecto decide cómo vives. Decide por dónde entra la luz de la mañana, qué tan frío o caliente es tu hogar, qué recorridos haces dentro de un espacio y hasta qué sensaciones puede producirte un lugar específico.
Tenemos, de alguna manera, un poder enorme sobre la vida de otras personas.
Y creo que reconocer ese poder también implica reconocer el riesgo de que nuestro ego termine ocupando demasiado espacio.
Pero en patrimonio la historia es otra.
Nuestro trabajo se trata precisamente de callar, de respetar y de valorar el trabajo de alguien más. Se trata de entender que el protagonista es el inmueble que estamos interviniendo y que nuestro trabajo debe centrarse en enaltecer lo que ya existe, no en enaltecer nuestro propio trabajo.
Es acá donde aprendí realmente a qué se refería mi director con aquella frase: “sabes guardar silencio”.
Pues sí, realmente es complejo.
Pero de eso se trata, para mí, este oficio de la restauración: de callar el ego, de permitir que el edificio hable y nos indique sus necesidades; de estudiar, valorar, respetar y enaltecer el trabajo de otra persona, de otro arquitecto, pero también el de todas las personas que ya habitaron esos espacios.
Porque cuando intervenimos un inmueble patrimonial no estamos empezando desde cero. Llegamos a un lugar que ya tiene una historia, que ya fue pensado, construido, transformado y habitado por otros. Y antes de decidir qué hacer con él, deberíamos ser capaces de escucharlo.

¿Pero qué pasa cuando ese ego gana?
Bueno, aparecen proyectos entorpecidos. Aparecen proyectos que pueden incluso dañar un BIC, y lo digo desde la parte técnica.
Y es que esto pasa en todas las escalas. Entre colegas también hay restauradores que, en algunos casos, terminan pensando más desde su ego que desde aquello que el edificio está diciendo. Yo no digo que sea fácil. No siempre es sencillo escuchar cuando tenemos una idea clara de lo que queremos hacer.
Pero el respeto y la rigurosidad técnica son precisamente los que nos deben guiar para tomar decisiones.
Porque una cosa es tener una postura, una opinión o una propuesta, y otra muy diferente es imponerla por encima de lo que el inmueble necesita.
Una mala decisión puede producir un daño directo: una intervención inadecuada puede afectar físicamente un bien y alterar aquello que precisamente estamos intentando conservar.
Pero también existe otro tipo de daño, uno mucho menos evidente.
El daño que ocurre cuando el conocimiento se cierra.
Cuando el patrimonio se convierte en un nicho al que solo unos pocos pueden entrar, cuando se monopoliza la práctica, cuando se dificulta que nuevos profesionales aprendan, participen e intervengan.
Y creo que de esto también tenemos que hablar.
Porque cuando nos gana el ego podemos caer incluso en no permitir que nuevos profesionales entren a un campo que, de por sí, es cada vez más pequeño. Y si nos cerramos a que solo unos pocos pueden intervenir en patrimonio, estamos asumiendo que el conocimiento y la responsabilidad de conservarlo pueden permanecer siempre en las mismas manos.
Pero eso no es posible.
A diferencia de los edificios, los seres humanos no somos eternos ni podemos vivir durante siglos. Por eso, la transmisión del conocimiento entre una generación y otra es tan necesaria, sobre todo en un campo como la arquitectura y, particularmente, en la conservación del patrimonio.
Si no permitimos ese cambio generacional, entonces aparece una pregunta que puede resultar incómoda:
¿A quién le vamos a dejar esta tarea cuando los de siempre no puedan?
El patrimonio no puede depender para siempre de unas pocas personas.
Es una responsabilidad que pasa de una generación a otra, de mano en mano. Y cada mano debería tener más cuidado que la anterior.
Quizás por eso guardar silencio no significa desaparecer.
No significa dejar de opinar, dejar de proponer o dejar de tener una voz.
Significa entender cuándo nuestra voz debe estar por encima y cuándo debemos hacer un esfuerzo por escuchar.
Significa recordar que no llegamos al patrimonio para demostrar cuánto sabemos, sino para poner nuestro conocimiento al servicio de algo que existía antes que nosotros y que, idealmente, seguirá existiendo después.
Y quizás ahí está una de las mayores dificultades de este oficio: aprender a reconocer cuándo debemos hablar y cuándo debemos guardar silencio.
Por eso quiero cerrar este artículo con la misma pregunta que, muchos años atrás, no entendí del todo:
¿Y tú sabes guardar silencio?


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