Viajar con ojos de arquitecto significa leer el mundo con curiosidad.
Sin embargo, esto plantea una pregunta interesante: ¿es necesario ser arquitecto para viajar y aprender? La respuesta es no. Cualquier persona que viaja cambia, aunque sea un poco, su forma de ver el mundo. Conocer nuevos lugares amplía nuestros horizontes, nos obliga a comparar realidades y nos enfrenta a formas distintas de vivir, habitar y comprender el territorio.
Quizá la diferencia está en que, para muchos arquitectos, viajar también se convierte en una forma de aprendizaje. No se trata únicamente de visitar monumentos o tachar destinos de una lista. Se trata de observar. De descubrir. De hacerse preguntas. De recorrer una ciudad con la misma curiosidad con la que un niño explora algo por primera vez.
Durante años estudié Italia. La vi en libros, en películas y en las historias que contaban algunos de mis profesores. Como ocurre con muchos estudiantes de arquitectura, terminé construyendo una imagen mental de esos lugares mucho antes de conocerlos. Pensaba que sabía cómo eran.
Pero viajar tiene una extraña capacidad de desmontar nuestras certezas.
Recuerdo especialmente mi llegada al Vaticano. Después de años viendo fotografías de la Basílica de San Pedro, esperaba encontrar un edificio impresionante, pero distante; casi una imagen congelada en el tiempo. La experiencia fue completamente distinta. Los diferentes tonos del mármol, la luz entrando por el espacio, la escala de las columnas y la presencia constante de las personas transformaron mi percepción. Lo que en las fotografías parecía solemne y lejano se convirtió en un lugar vivo que invitaba a ser recorrido.
Fue allí donde entendí que las fotografías, los libros y los planos pueden enseñarnos mucho, pero nunca logran contar toda la historia.
También descubrí algo que parece obvio, pero que rara vez pensamos: la arquitectura cambia radicalmente cuando la experimentamos con el cuerpo. Muchas de las obras que había estudiado durante años tenían una escala completamente diferente a la que imaginaba. En los dibujos y las imágenes parecían comprensibles, incluso cercanas. En persona, en cambio, se volvían monumentales. Recuerdo observar un farol en el Vaticano y descubrir que tenía prácticamente mi altura. De repente entendí que durante años había estado interpretando edificios enormes a través de imágenes reducidas al tamaño de una página o de una pantalla.
La realidad siempre resulta más compleja que su representación.
Pero viajar no solo cambia nuestra percepción de los edificios. También transforma nuestra manera de leer las ciudades.
Con frecuencia organizamos los viajes alrededor de itinerarios cuidadosamente planeados. Queremos visitar aquello que aparece en las guías, en las recomendaciones o en las redes sociales. Sin embargo, algunas de las experiencias más memorables suelen ocurrir cuando nos permitimos salir del camino previsto.
En París, por ejemplo, caminaba hacia Notre Dame cuando terminé completamente desorientada y aparecí frente al Centro Pompidou. Siempre había imaginado aquel edificio como una pieza aislada, separada del tejido histórico de la ciudad. Encontrarlo dialogando con su entorno me obligó a replantear muchas ideas sobre la relación entre arquitectura contemporánea y patrimonio.

Algo similar ocurrió en Roma, cuando terminé recorriendo las calles de Trastevere lejos de las rutas más evidentes. Allí comprendí que una ciudad no se descubre únicamente a través de sus grandes monumentos. También se revela en los pequeños restaurantes, en las conversaciones cotidianas, en las plazas escondidas y en aquellos lugares que no aparecen en ninguna lista de imprescindibles.
Quizá por eso uno de los lugares que más recuerdo no fue una gran capital europea, sino un pequeño pueblo italiano llamado Vicopisano. Allí encontré una ciudad medieval que convive con la vida contemporánea sin renunciar a su historia. Sus calles estrechas, sus murallas, sus árboles y la tranquilidad de sus habitantes me enseñaron algo que pocas veces aparece en los libros: el patrimonio no solo vive en los monumentos, también vive en la forma en que las personas habitan y cuidan los lugares que consideran propios.
Viajar también nos permite cuestionar aquello que creemos normal.
Crecemos pensando que ciertas formas de organizar la ciudad son universales, hasta que descubrimos que existen otras maneras de relacionarse con el espacio. Recuerdo la sorpresa que sentí en Mérida, México. Más allá de la belleza de la ciudad, me llamó la atención la actitud de sus habitantes. En medio del calor intenso, las personas esperaban pacientemente en fila, cuidaban los espacios públicos y mantenían prácticas cotidianas que reflejaban una relación distinta con la ciudad. Fue una experiencia que me obligó a preguntarme cuánto de lo que consideramos normal depende realmente de la cultura en la que crecimos.
Porque al final una ciudad no está hecha únicamente de edificios.
También está hecha de personas.
De costumbres.
De olores.
De sonidos.
De sabores.
De memorias.
De formas de relacionarse con el territorio.
Por eso viajar es mucho más que desplazarse de un lugar a otro. Es una oportunidad para aprender observando. Para descubrir que el mundo es más amplio, más complejo y más diverso de lo que imaginábamos. Es comprender que ninguna fotografía puede reemplazar la experiencia de caminar una calle, sentir una plaza o recorrer un paisaje.
Quizá por eso me gusta pensar que el mundo es un gran libro.
Cada ciudad es una página distinta.
Cada viaje es un nuevo capítulo.
Y cada persona que decide recorrerlo con curiosidad tiene la oportunidad de aprender algo que ningún mapa, fotografía o guía turística podrá enseñarle por completo.


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