Muchas veces he iniciado mis clases preguntando a mis estudiantes qué entienden por patrimonio. La respuesta automática suele estar asociada a lo económico, a una noción jurídica que lo define como todo aquello que poseo y es de mi propiedad. Sin embargo, esta visión resulta limitada. En un sentido más profundo, el patrimonio es todo aquello que se hereda y se preserva para el disfrute de las generaciones futuras.
Pero aquí surge una pregunta inevitable: ¿qué entendemos por cultura? Con frecuencia nos quedamos cortos al definirla. Decimos que es la música, la forma de hablar o incluso un gentilicio. Y aunque estas respuestas no son incorrectas, sí son incompletas. La cultura es, en esencia, el conjunto de acciones, expresiones y manifestaciones —tanto tangibles como intangibles— que nos identifican como parte de un grupo humano.
Ahí es donde aparece la verdadera riqueza del concepto de patrimonio cultural. Al unir ambas ideas, podemos entenderlo como todo aquello que heredamos del pasado, que nos identifica como comunidad y que debe ser transmitido para el disfrute y aprendizaje de las generaciones futuras.
Sin embargo, en los últimos años se ha ido desdibujando esta noción integral. El patrimonio cultural ha comenzado a abordarse desde una mirada cada vez más elitista, académica e incluso clasista, como si no perteneciera a todos. Y entonces surge una pregunta clave: ¿dónde quedan las personas?, ¿dónde están las comunidades?
No podemos olvidar que el patrimonio existe gracias a ellas. Sin las personas no habría historia, ni cuidado, ni identidad. Pensemos por un momento: ¿qué sería del vallenato sin su gente? Este género, hoy reconocido como patrimonio de la humanidad, no existiría sin las comunidades que lo crearon, lo transformaron y lo mantienen vivo. Y seguirá necesitando de ellas para perdurar en el tiempo.
Siempre he creído que el patrimonio debe ser de todos y para todos. No es justo que el acceso a ciertos espacios —museos, centros históricos o bienes de interés cultural— esté condicionado por factores sociales o económicos. Tampoco es coherente que se invisibilicen los patrimonios “populares”, esos que hacen parte de la vida cotidiana.

Pensemos en algo sencillo: ¿podríamos imaginar el centro de bogotá sin los carritos que venden aromática en sus esquinas? ¿O considerar que solo los inmuebles pertenecientes a quienes tienen mayores recursos merecen ser conservados? Estas preguntas evidencian una problemática profunda.
Esto no significa que el trabajo profesional en conservación deba desvalorizarse. Por el contrario, implica la necesidad de transformar el enfoque: adaptar el lenguaje, los métodos y las estrategias a las realidades de las comunidades. Existen familias que habitan viviendas con valor patrimonial, pero que no cuentan con los recursos necesarios para intervenirlas bajo los estándares tradicionales. ¿Qué ocurre entonces con estos bienes?
En muchos casos, debido a este enfoque excluyente, sectores como Fontibón, Usme Pueblo, Engativá o Suba que recordemos son pueblos que se agregaron a Bogotá mientras la ciudad fue creciendo por lo que Bogotá no solo tiene un centro histórico tiene 6,sin embargo 5 de ellos han sido olvidados o invisibilizados y sus habitantes han sido llevados a percibir los inmuebles patrimoniales como una carga, un obstáculo o incluso un castigo, en lugar de reconocerlos como un motivo de orgullo.
Frente a este panorama, surge una pregunta fundamental: ¿es posible construir un enfoque más social para la conservación del patrimonio?
Tengo la firme convicción de que sí. Esto sería posible mediante una articulación real entre las entidades públicas, la academia y, en algunos casos, el sector privado. Se trata de construir herramientas accesibles, de educar y acompañar, de generar estrategias que permitan a las comunidades apropiarse de su patrimonio.
Es necesario enseñar —a niños, jóvenes, adultos y personas mayores— que esos edificios antiguos, esa música y esas tradiciones no son motivo de vergüenza, sino de orgullo. Que no es necesario responder siempre a un modelo globalizado de cultura, porque la verdadera riqueza del mundo reside en su diversidad: de colores, de ritmos, de sabores, de formas de habitar.
También es fundamental sensibilizar a los nuevos arquitectos y diseñadores. La arquitectura no puede ser ajena al contexto. Debe responder a la cultura del lugar, a sus materiales, a sus técnicas constructivas, a su memoria. El pasado no estorba: del pasado se aprende, se cuida y se transmite.
El patrimonio cultural no es un objeto estático ni un privilegio de unos pocos. Es una construcción colectiva, viva y en constante transformación. Y su verdadera protección comienza cuando entendemos que nos pertenece a todos.


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